Desde sus orígines, el ámbar ha sido un estímulo para la imaginación de los hombres. La mitología clásica recoge cómo, tras la muerte de Phaeton, hijo del dios del sol, sus hermanas, compungidas por la muerte de su hermano, se convirtieron en álamos negros que lloraban lágrimas de ámbar.
Hace aproxidamente 45 milliones de años toda la zona que hoy conocemos como los Países Balticos estaba cubierta por bosques subtropicales. La resina producida por los árboles, una vez despositada en el suelo, se consolidaba y se transformaba en la materia hoy conocida como ámbar.
Por las tonalidades tan naturales que adopta, desde el amarillo claro al amarillo dorado, el ámbar nos recuerda al sol. Sus cálidos matices, en ocasiones más claros o más oscuros, otorgan a esta piedra una especial y singular belleza.